Crees que ser valiente está sobrevalorado y, por desgracia, ser cobarde te sigue valiendo la pena.
Supongo que estarás conmigo en que hay días en los que todo parece una madriguera de cobardes. Esconderse en cuanto aparecen las orejas del lobo es tu única opción viable. Y es que por tener, ya tienes miedo hasta de ti. Por eso, elevas castillos en el aire y después ni siquiera te atreves a mover la atmósfera que nos rodea. Juegas en un ambiente contaminado por tus fantasías y tus miedos y, por lo que veo, suelen pesarte más los segundos.
Hace tiempo que renunciaste a improvisar y siempre quieres tener todo bajo tu control: tú decides cuándo hablar, tú decides cuándo besar, tú decides mis tiempos y tus espacios. Perder el control significa desvanecerte, dejar que el peso de tu cuerpo se enmarañe en los hilos de una marioneta. Perder el control significa confiar y ese es un riesgo que aún no estás dispuesto a asumir.
Tu cobardía es la tierra que palpita pero no se siente, no transmite ni un ápice de emoción pero, sin embargo, espera la gran ovación de su público. Y si no obtienes el parabién por tus actos, engrosas tu iglú y te inventas la forma de sellar las cicatrices que aún están abiertas. Y es que tener miedo de uno mismo tiene hasta sus propios mecanismos de autodefensa: siempre que puedas hacer el más visceral de los harakiris con tus sentimientos, todo irá bien.
No nos engañemos. La cobardía, tu cobardía, está bien vista o al menos, aceptada: te dicen que eres cauto, sensato y que sabes protegerte. Sin embargo, yo sé que sabes ser irracional, aunque solo sea a la hora de arrancar la ropa y clavar tu mirada intentando decirme, sin palabras, lo que nunca te atreverás a pronunciar.
Y es que por tener, tienes miedo hasta de mí y, siendo utópicos, ojalá pronto ser cobarde deje de valerte la pena.
A veces, tomar el Sol quema demasiado, como ocurre al escribir sobre los típicos tópicos. A veces, sólo a veces, tomar la Luna o escribir sobre lo incomprensible resulta menos problemático y más estimulante. O eso dicen…
1.3.16
31.1.16
Prisión era
Suéltala en el filo de la última botella que compartisteis en Lavapiés. Déjala ir lejos, no le aprietes el meñique ni fuerces sus huidas. Solo deshazte de lo que te sobra que, aunque te resulte difícil de creer, es ella. Regálale su vida y devuélvele las ganas que te llevaste la última vez que diste aliento a su nuca.
Entrégale lo que es suyo y no intentes colonizar los desvelos de sus noches. Pártete por la mitad si con ello consigues que ella vuelva a respirar. Arráncale la ropa a otro cuerpo y arrópate en la cama de aquella que siempre estuvo ahí.
Vuelve a escoger y que no sea a ella. Vuelve a pensar y niega en rotundo cualquier ápice de romanticismo. Recoge sus pedazos y reconstruye el puzle que algún día desintegraste. Explota tu ego y deja de quererte.
Sé feliz pero sin ella. Deja de quererla y amamantarla con tus modales. Entrega de vuelta sus maletas y aléjate de su portal. Encuentra sus defectos y deja de admirarlos. Comprueba sus virtudes y hazlas visibles a otros. Deja que se pierda en otras camas y otras barbas y que el olor de su pelo descanse en otra almohada.
Déjala ir...
Entrégale lo que es suyo y no intentes colonizar los desvelos de sus noches. Pártete por la mitad si con ello consigues que ella vuelva a respirar. Arráncale la ropa a otro cuerpo y arrópate en la cama de aquella que siempre estuvo ahí.
Vuelve a escoger y que no sea a ella. Vuelve a pensar y niega en rotundo cualquier ápice de romanticismo. Recoge sus pedazos y reconstruye el puzle que algún día desintegraste. Explota tu ego y deja de quererte.
Sé feliz pero sin ella. Deja de quererla y amamantarla con tus modales. Entrega de vuelta sus maletas y aléjate de su portal. Encuentra sus defectos y deja de admirarlos. Comprueba sus virtudes y hazlas visibles a otros. Deja que se pierda en otras camas y otras barbas y que el olor de su pelo descanse en otra almohada.
Déjala ir...
22.12.15
Ser feminista (sin letra pequeña)
¿Sabes lo que es sentirse siempre un reflejo de otro, una mera acompañante, el pilar en el que se sostienen, el miedo, la sensibilidad, la musa? Por suerte yo no lo sé y tú, que lees esto, probablemente tampoco. Habría que preguntarle a Simone de Beauvoir, Violette Leduc, Emily Davison, las sufragistas británicas y tantas y tantas mujeres que lucharon porque hoy nos sepamos independientes, capaces e iguales.
La película Sufragistas muestra la lucha de esas mujeres que a principios del siglo XX vivían por y para sus familias, no tenían ninguna autoridad sobre sus propios hijos, trabajaban en condiciones infrahumanas y se veían obligadas a que sus vidas discurriesen sin pena ni gloria. Ellas que lucharon durante años por conseguir el derecho a votar, que no es más ni menos que el derecho a decidir sobre lo que queremos para nuestras vidas. Casi nada.
Impacta saber que en países que consideramos del primer (o primerísimo) mundo como Suiza, las mujeres no pudieron acudir a las urnas hasta la década de los 70. Y es que en un contexto en el que ni tú misma puedes decidir quiénes te gobiernan, qué difícil tuvo que ser sacar fortaleza y garra para ponerse el mundo por montera y decir ¡BASTA! Basta en un momento en el que otras mujeres podían llamarte 'zorra' o 'puta', entre otras lindezas, por el simple hecho de defender tus derechos y los suyos, dicho sea de paso.
Una realidad increíble que sigue teniendo su reflejo en la sociedad actual: en esas personas, hombres y mujeres, que dicen no ser feministas. "Yo soy humanista, no feminista", declaró en una entrevista Meryl Streep hace tan solo unas semanas. ¿Humanista de qué? Por evitar una etiqueta, mal entendida por muchos, prefieren decir que no son feministas, que no se unen a ese grupo de 'histéricas' que quieren acabar con el género masculino... (entiéndase la ironía)
Pero, por favor, ¿saben realmente lo que significa ser feminista? Buscar igualdad, admirar a quienes se dejaron la vida por ganarse algunos de nuestros derechos fundamentales, respetar a nuestras abuelas que vivieron la más injusta de las desigualdades...
Ser feminista es, en mi opinión, rendir un tributo a la justicia y darse cuenta de que aún existe una brecha salarial entre hombres y mujeres en la empresa privada. Es comprender que no hay rosas ni azules, ni Barbies ni coches. Ser feminista es educar en la igualdad y es ser consciente de que nadie que nos ame nos puede faltar al respeto. Ser feminista es saber que faltan mujeres en los puestos directivos en las empresas y que es una vergüenza que un gobierno paritario aún siga siendo noticia. Ser feminista es lamentar que solo 14 mujeres hayan ganado el Premio Nobel de Literatura y que en tantos países se obligue a vestir con burkas o hiyabs. Ser feminista es sentir la presión del techo de cristal y saber que un embarazo aún puede poner en peligro tu puesto de trabajo. Ser feminista es querer decidir sobre nuestros cuerpos. Ser feminista es tener el alma desgarrada por las mujeres que mueren víctimas de la violencia machista...
Ser feminista es, en definitiva, ser consciente de lo que otras lucharon y de lo que aún nos queda por hacer.
Yo soy feminista. Y lo digo sin letra pequeña.
La película Sufragistas muestra la lucha de esas mujeres que a principios del siglo XX vivían por y para sus familias, no tenían ninguna autoridad sobre sus propios hijos, trabajaban en condiciones infrahumanas y se veían obligadas a que sus vidas discurriesen sin pena ni gloria. Ellas que lucharon durante años por conseguir el derecho a votar, que no es más ni menos que el derecho a decidir sobre lo que queremos para nuestras vidas. Casi nada.
Impacta saber que en países que consideramos del primer (o primerísimo) mundo como Suiza, las mujeres no pudieron acudir a las urnas hasta la década de los 70. Y es que en un contexto en el que ni tú misma puedes decidir quiénes te gobiernan, qué difícil tuvo que ser sacar fortaleza y garra para ponerse el mundo por montera y decir ¡BASTA! Basta en un momento en el que otras mujeres podían llamarte 'zorra' o 'puta', entre otras lindezas, por el simple hecho de defender tus derechos y los suyos, dicho sea de paso.
Una realidad increíble que sigue teniendo su reflejo en la sociedad actual: en esas personas, hombres y mujeres, que dicen no ser feministas. "Yo soy humanista, no feminista", declaró en una entrevista Meryl Streep hace tan solo unas semanas. ¿Humanista de qué? Por evitar una etiqueta, mal entendida por muchos, prefieren decir que no son feministas, que no se unen a ese grupo de 'histéricas' que quieren acabar con el género masculino... (entiéndase la ironía)
Pero, por favor, ¿saben realmente lo que significa ser feminista? Buscar igualdad, admirar a quienes se dejaron la vida por ganarse algunos de nuestros derechos fundamentales, respetar a nuestras abuelas que vivieron la más injusta de las desigualdades...
Ser feminista es, en mi opinión, rendir un tributo a la justicia y darse cuenta de que aún existe una brecha salarial entre hombres y mujeres en la empresa privada. Es comprender que no hay rosas ni azules, ni Barbies ni coches. Ser feminista es educar en la igualdad y es ser consciente de que nadie que nos ame nos puede faltar al respeto. Ser feminista es saber que faltan mujeres en los puestos directivos en las empresas y que es una vergüenza que un gobierno paritario aún siga siendo noticia. Ser feminista es lamentar que solo 14 mujeres hayan ganado el Premio Nobel de Literatura y que en tantos países se obligue a vestir con burkas o hiyabs. Ser feminista es sentir la presión del techo de cristal y saber que un embarazo aún puede poner en peligro tu puesto de trabajo. Ser feminista es querer decidir sobre nuestros cuerpos. Ser feminista es tener el alma desgarrada por las mujeres que mueren víctimas de la violencia machista...
Ser feminista es, en definitiva, ser consciente de lo que otras lucharon y de lo que aún nos queda por hacer.
Yo soy feminista. Y lo digo sin letra pequeña.
22.11.15
Balcones de domingo
No necesariamente las vistas al mar o la montaña son mis preferidas. La mayor parte de las veces me decido por el asfalto y los tejados que se ven desde mi balcón. Porque es ahí, en lo más alto de un edificio de la Calle Toledo, donde han empezado algunas de las historias más emocionantes de mi vida en los últimos años.
Esos inicios se parecen bastante a alguna película: una pareja habla tranquilamente en el balcón, ambos fuman e intercambian sonrisas cómplices sin dejar de mirar al cielo que se antoja infinito ante ellos. Y es que, con Madrid ahí, los ventanales de madera dejan de existir, no se escucha tampoco esa ambulancia frenética e, incluso, dejan de pelear los dos borrachos que lo hacen por costumbre. De forma imperceptible, uno se gira y la otra lengua busca su espacio y se produce la explosión que llevará a una cama sin retorno.
A la mañana siguiente, el balcón sigue ahí y, ¡qué maravilloso es que el barullo de los domingos te despierte con olor a café y buena compañía! Y es que este balcón ha visto tanto de mí, de mi intimidad, de mis frustraciones, mi orden y manías que más que un medio de contacto con el exterior, ya se ha vuelto una forma de explorar mis batallas y mi piel.
Este rincón de mi vida que lo mismo seduce que atrapa. Lo mismo ahuyenta telarañas que sirve de casa a las palomas. Este espacio tan mío, tan nuestro, de tantas almas que habrán pasado y pasarán por aquí. Este lugar, este hogar en el que te puedes sentir tan sola y al instante siguiente tan acompañada por los cuatro millones de habitantes que se agolpan en esta ciudad.
Este balcón que me ha regalado tantas instantáneas de domingos con luz de invierno y de sofocantes noches de agosto. Este balcón que invita al amor, a ceder el aliento, a estallar la vida sin importar la carcajada que resuene a mi lado. Este pequeño espacio forjado, pequeño, romántico...
7.11.15
Como un paraguas que siempre se olvida...
Llovía de forma incesante y no era solo en la calle, también ocurría en mi vida. Llovía de una manera atropellada, irremediable y apasionada, como las idas y venidas de mis impulsos. Y ahí estabas tú, como ese paraguas que sin querer se olvida en el paragüero o aparece por sorpresa bajo las butacas rojas de un cine de los de toda la vida. Un descubrimiento de esos que disgustan al distraído y le dan la vida al poco precavido. Uno de esos como tú.
La verdad es que contradiciendo el dicho, tú sí lloviste a gusto de todos. A gusto de todos y a la medida de ninguno. Así eres tú. Escurriéndote como la lluvia que salpicaba nuestra nariz e interrumpía coqueta cualquier beso. Puede que nunca te lo haya dicho pero me gustan tus modos serpenteantes desde el día lluvioso en el que te conocí. Esa lluvia que propició el primer abrazo me hizo quererte así: chispeante e intermitente. Desde aquella primera mirada, comenzaste a llover a mi gusto y te quedaste aquí sin llegar a estar nunca del todo, como ese paraguas que siempre se olvida.
15.10.15
De malcarados y malqueridos está el mundo lleno
Hoy he vuelto a encontrarme con una de esas personas que tiene la capacidad de sacar lo peor de mí tras la primera toma de contacto. Quienes me conocen saben que me cuesta un mundo odiar y que, para mí, todo el mundo merece la pena hasta que me demuestren lo contrario. El problema surge cuando la 'demostración de habilidades' llega en el minuto uno de la conversación. Así, casi sin saber cómo ha ocurrido, tienes un malcarado o una malcarada cerca de ti.
Por eso, no podía dejar pasar un día más sin dar las gracias a esas personas que lo dicen todo con su gesto siniestro y atravesado. Hoy ha sido uno de esos días en los que solo me apetece escupir odio sobre esos seres (no merecen otra apreciación) que, sin conocer, juzgan. Están ahí, siempre. Con cara de deber la vida y remover pócimas de bruja en sus ratos libres. Puedes encontrártelas al cruzar la calle, al ir a correos o en alguna esquina de tu vida, dispuestas a arruinar cualquier ademán de simpatía que se les cruce por el camino.
Son ególatras y egoístas a partes iguales. Pero no hablamos de un ego positivo, de ese que invita a hablar de uno mismo y creerse el centro del universo. Al final, aquéllos que sufren esta 'sobreestima' me provocan más lástima por ellos mismos que por las repercusiones que puedan tener en las vidas ajenas. Sin embargo, los seres que hoy nos ocupan, los malcarados, son capaces de contagiar su frustración, desgana y apatía en solo un par de minutos. Así de fácil y sin cómodos plazos.
A ellos, gentes desagradables del mundo, les digo hoy que busquen cariño y dejen los malos gestos para quienes se los quieran aguantar, porque yo renuncio. Lo siento, pero me caigo de su barco de mentes inestables y gestos miserables. Yo, que soy de esas personas a las que una mala contestación le remueve las entrañas, decido que no entro en este juego y que no pienso dormir intranquila porque exista más gente como ellos acechando la felicidad del resto.
Gentes desagradables del mundo, les invito a que disfruten con su trabajo, a que busquen amigos con los que emborracharse sin que haya un por qué, que se muestren predispuestos a una alegría para el cuerpo de vez en cuando y, sobre todo, que aprendan a quererse a sí mismos.
Malcarados y malqueridos del mundo, hoy acabaría con todos vosotros de una forma lenta y dolorosa. Sin compasión.
24.8.15
Una persona de mundo
El momento en el que la burbuja explotó. Octubre de 2012. Casa de acogida Fundación Renacimiento en México D.F
Ser persona de mundo. Ser y no simplemente parecerlo.
Si alguien me preguntase por qué quiero que me recuerden, diría eso: por ser una persona de mundo. Porque, sin duda, ser consciente de lo que existe a nuestro alrededor nos hace más emocionales y empáticos, dos requisitos fundamentales para hacer humanas a las personas.
Cuando una ve de cerca lo que es la miseria real, se estampa de golpe y porrazo con las personas insulsas en las que nos hemos convertido: quejicas empedernidos y conformistas, sin luces ni miramientos. Mirarse el ombligo resulta tantas veces contraproducente... No solo para uno mismo como persona sino para todos los que nos rodean. No salir de nuestro espacio de confort nos llena el pecho de una falsa fortaleza que se evapora como el helio de los globos. Cuando nos sentimos tan cómodos que no somos capaces de sacar la cabeza por el balcón del mundo que se abre ante nosotros, simplemente no sabemos tratar al resto.
Creo que algún día fui así, insulsa elevada a la máxima potencia. Y casi sin darme cuenta, me cambió la vida. Entendí lo sencillo que resulta salir airosa si todo lo que tenemos a nuestro alrededor simplemente funciona, como el estribillo de una canción del verano. Todo era y transcurría por el buen camino sin cuestión ni demora. Pero un día algo se cayó: la burbuja explotó por la mirada de un chico de dieciséis años que apenas sabía leer. Entonces lloré, lloré durante horas sintiéndome tan estúpida que ya nunca más puedes mostrarme indiferente ante lo que sucede en el mundo.
Pensé en lo perra que es la vida y en que cuando en el colegio nos decían que teníamos que sentirnos agradecidos por el lugar en el que habíamos nacido, posiblemente ni siquiera aquella profesora era consciente de todo lo que había que agradecer. Y como ella, cuánta gente desaprovechando esa suerte de vida que por una simple cuestión de azar, fue a parar a nuestras manos.
Desde luego, no me siento en superioridad moral como para juzgar a quien no quiere asomar su mano por la ventanilla mientras conduce. Allá cada cual y su propio ombligo. Solo creo que de vez en cuando es maravilloso tener la oportunidad de escapar hacia eso que llaman tercer mundo y que en cuestiones humanas le da un par de vueltas a este que consideramos primero.
Porque no hay conversación interesante si no se transcienden los límites de los dos implicados. No hay una charla que valga la pena si no hay un persona de mundo tratando de ir más allá.
18.8.15
No sois todos iguales y yo lo sé
Te veo acariciar su mejilla y en la fracción más pequeña de tiempo que pueda existir, vuelves a desgarrarme como bien sabías hacer. Después de todo, creo que en el mundo hay dos tipos de personas: las que a pesar de no saber amar tienen el mundo a sus pies y las que sobrevivimos, a pesar de saber amar y fracasar a partes iguales.
En los últimos días me he convencido de que tú formas parte del primer tipo y, como en casi todo, en esto también resultamos incompatibles. Dejarte atrás fue una de las mejores cosas que pude hacer en la vida y lo digo sin ningún miedo a equivocarme. Al fin y al cabo, tú nunca entenderás por qué te escribo ni cuál es la dimensión del odio que siento por ti.
Muchas conversaciones con amigas (¡qué grande es poder contar con ellas en estos momentos!) me han hecho ver que formas parte de ese grupo de capullos que asolan la humanidad desde que el mundo es mundo. Además de las valoraciones de quienes nos quieren y nos hacen la vida más fácil, hace tiempo que sigo las ilustraciones de Moderna de Pueblo, unas viñetas hechas con mucho humor y sabiduría, de esa que aumenta con las relaciones y las frustraciones. Hablan de ti y también de él. De aquel imbécil que dejó tirada a una amiga cuando menos lo esperaba o aquel retrógrado que sin educación ni sentido común se dedicó a retozarse con otra delante de mí. En cierto modo, sentirnos identificadas con esas ilustraciones nos hace sentir algo menos tontas y mucho más seguras de nosotras mismas. Y eso no es cualquier cosa.
A pesar de todo, llevo mucho tiempo negándome a caer en el cliché de que todos los hombres son iguales. En primer lugar, porque como mujer estoy harta de los estereotipos y remilgos absurdos que pasan de generación en generación y cuentan barbaridades sobre nosotras. En segundo lugar, porque los hombres extraordinarios existen y yo he tenido la suerte conocerlos. Hombres capaces de dar todo de sí mismos y, sobre todo, capaces de mimar, amar y hacer el amor como si se les fuese la vida en ello.
Supongo que igual que para encontrar tu hueco en el mercado laboral tienes que dar varios tumbos -más aún en el momento en el que nos encontramos-, también tienes que hacerlo para dar con ese hombre que aborrezca tanto como tú a los capullos que abundan en su especie. Puede que no sea él el hombre de nuestra vida pero, a buen seguro, irá al cine con nosotras, entenderá que nuestra vida sea escribir, viajaremos al fin del mundo con él, nos acompañará en las tardes más tontas al supermercado y podremos compartir con él nuestra vida sin miedo a perderle de vista cuando baje a por tabaco.
Porque, mujeres del mundo, hay que saber valorarse y desterrar de nuestro lado a quien nos desgarra para evitar, en la medida de lo posible, perpetuar las huellas de sus manos en nuestra piel. Puestos a elegir, prefiero perderme en las manos de los no capullos, que sé que ellos, los hombres extraordinarios, tienen la clave para hacerme feliz.
14.6.15
La espera
Vía 2. Y antes de bajarse del tren, ella buscó en el reflejo de la ventanilla la perfección del carmín de sus labios. Bajó la mirada, corroboró sus calcetines y se ajustó aquella cinturilla de avispa por la que no tenía demasiado aprecio. Sintió que respiraba muy fuerte, que sus manos sudaban más de lo normal y que sus piernas flaqueaban entre una multitud con prisas y sin alma. Sin maleta, ni bolso, ni reloj, ni ropa. Libre de equipaje como quien se enfrenta, después de un baile, a la vida.
(Después de ver uno de los reencuentros más bonitos de mi vida, imaginé la espera de esa pareja que no podía dejar de amarse en el andén de una estación de tren.)
Puso sus pies fuera de aquel amasijo de hierros y la risa nerviosa se apoderó de su rostro. ¿Y si él la estaba observando desde algún lugar de la estación? ¿Y si era demasiado palpable el manojo de nervios en el que se había convertido? ¿Y si no pudiese reprimir el poderoso deseo de su cuerpo? Todas aquellas preguntas se habían agolpado en su cabeza durante el trayecto en tren pero ahora de repente se acumulaban en su garganta y le provocaban nauseas.
Comenzó a mirar hacia todos los lados. Él estaría tan guapo como lo recordaba o quizás ni siquiera se hubiese acordado de ir a la estación a buscarla. La negatividad inundaba sus emociones en uno de cada dos pálpitos. Tembló, se frotó las manos, respiró hondo y sintió cómo en su cuerpo se acumulaban las ganas de amar.
Finalmente, él llegó y ella lloró. Con esas lágrimas que dicen "aquí y ahora". La estrujó contra su pecho, le desgastó los labios, repasó sus mejillas y reconoció el placer en sus rincones. La espera había terminado y, en lugar de ser felices y comer perdices, prefirieron besarse como en las películas y quererse como en las canciones, como decía aquel poema de Luis Alberto de Cuenca.
16.5.15
Loving you is exhausting
"Todo esfuerzo tiene su recompensa", nos decían. Y nos esforzábamos, esforzábamos nuestros límites sin importar si era por placer, inquietud o un simple intento de huida hacia adelante. Crecimos reprochándonos a nosotros mismos no estar al 100%, no dejarnos la piel en cada suspiro y, sobre todo, que el tiempo no hubiese hecho de nosotros aquella mujer o aquel hombre ejemplar que nunca se cansaría de comerse el mundo.
Prohibidas las tristezas, las melancolías, los gin tonics nostálgicos y los viajes al pasado. Anteojeras para no ver qué sucede alrededor. Anteojeras que nos libren de los sueños, del amor, del placer, de la felicidad infinita de solo ser.
Crecimos en un teatro de ambiciosos sin alma. Sin embargo, algunos en lugar de prestar atención al escenario, nos quedábamos absortos en aquellos sueños que nos invitaban a una vida de equilibrismo. ¿Me llamas ilusa porque tengo una ilusión? A mí, que me mintieron hasta desgarrar, la ilusión es lo que me queda. Lo que pervive después de escuchar tantas veces que había que formarse, hablar idiomas, escribir, destacar por nuestra oratoria y también ser amable, amigo de tus amigos e hijo ejemplar... Y de nuevo, como en ciclo sin fin, todo esfuerzo tendría su recompensa.
Caímos en el error de creer que lo difícil era siempre lo mejor, que no existían conversaciones banales y que hablar de cine de autor nos haría mejores o, al menos, más bohemios. ¿No conoces a Truffaut? ¡Pues no te ajunto! Nos hicimos mayores en un patio de colegio en el que importaba más parecer que llegar a ser.
Llegamos a pensar que vivir sería agotador. Un camino sin asfaltar en el que más valdría buscarse compañía si queríamos salir airosos. Por supuesto, en el amor también todo lo difícil era lo mejor: nos lo enseñaron las películas y las canciones y, aunque Sabina nos puso los pies en la tierra, lo cierto es que amar resultaba aún muy complicado. El amor eran palabras, muchas palabras pero, al final, se convertía en un sentimiento muy de barrio, en algo que nos hacía a todos iguales, una desnudez tibia, como de andar por casa.
Hubo un tiempo en el que el amor me dejaba en los huesos. Me agotaba. Sí, quererte me parecía algo agotador. Y entonces, parafraseé: "todo esfuerzo tendría su recompensa". Que sería yo, no tú. Que algo habría hecho mal si no te habías quedado conmigo. Y me esforcé por gustar más al resto y me olvidé de mimarme más a mí.
Después, toda aquella pantomima terminó y recordé que yo era de las que soñaba y no miraba al escenario. Que no me hacía falta tanto esfuerzo para ser feliz, que solo quería ser y,aunque quererte estaba bien, no era yo la que iba a dejar su vida por ti. Que yo no me canso y que siempre guardo el último suspiro para mí.
26.4.15
Pánico a ti, conformismo
Pánico a lo estático, lo cómodo, lo práctico.
Pánico a ti.
Me gusta soñar que tengo alas y plumas para volar y escribir, para viajar allá donde haya una puntada de ilusión esperándome, para no dejar de reír y, sin artificios, deslumbrarte.
Pánico a la mentira, los simples, la envidia.
Pánico a ti.
Un manostijeras recortando vidas y ensuciando cuerpos, oxidando mis recovecos con una media sonrisa de galán que aspira a las suelas de los zapatos de sus semejantes.
Pánico a la falta de empatía, de hambre, de mundo.
Pánico a ti.
Creo en el insomnio como la droga necesaria para pensarte, el elixir imprescindible para imaginar lo ridículo de llorarte. El tiempo muerto para el placer de romperme sobre tus piernas.
Pánico al tiempo, al verano, a los pájaros en mi cabeza.
Pánico a ti.
Dejo las llagas en la piel abiertas al viento para que cicatricen, para que se acostumbren al aire contaminado de esta ciudad y nunca más vuelvan a desear vida de campo y pueblo.
Pánico a la rutina, la costumbre, la monotonía,
Pánico a ti.
Pánico a esa manera de arruinarte la vida, de mantenerte perenne sea la época del año que sea. Pánico a esa vida que no busca vivirse, sino simplemente discurrir. Pánico a que exista tanta gente como tú, incapaz de soñar más alto, respirar más fuerte y chillar cuanto sea necesario.
...Pánico al conformismo.
Pánico a ti.
Me gusta soñar que tengo alas y plumas para volar y escribir, para viajar allá donde haya una puntada de ilusión esperándome, para no dejar de reír y, sin artificios, deslumbrarte.
Pánico a la mentira, los simples, la envidia.
Pánico a ti.
Un manostijeras recortando vidas y ensuciando cuerpos, oxidando mis recovecos con una media sonrisa de galán que aspira a las suelas de los zapatos de sus semejantes.
Pánico a la falta de empatía, de hambre, de mundo.
Pánico a ti.
Creo en el insomnio como la droga necesaria para pensarte, el elixir imprescindible para imaginar lo ridículo de llorarte. El tiempo muerto para el placer de romperme sobre tus piernas.
Pánico al tiempo, al verano, a los pájaros en mi cabeza.
Pánico a ti.
Dejo las llagas en la piel abiertas al viento para que cicatricen, para que se acostumbren al aire contaminado de esta ciudad y nunca más vuelvan a desear vida de campo y pueblo.
Pánico a la rutina, la costumbre, la monotonía,
Pánico a ti.
Pánico a esa manera de arruinarte la vida, de mantenerte perenne sea la época del año que sea. Pánico a esa vida que no busca vivirse, sino simplemente discurrir. Pánico a que exista tanta gente como tú, incapaz de soñar más alto, respirar más fuerte y chillar cuanto sea necesario.
...Pánico al conformismo.
21.3.15
Esa aventura vital que es olvidar
El olvido es dejar de recordar y hacernos nudos en los cordones para retener el tiempo. Es navegar en aguas que no nos pertenecen y perder el rumbo que algún día tuvimos claro. Olvidar es dejar caer al vacío los veranos en la playa y la adolescencia de piscina. Es el alzheimer comiéndose la vida a mordiscos mientras el mundo sigue intacto.
Olvidar es no saber qué hay más allá de la zona de confort que nos vio nacer. Es ignorar, despreciar y pensar que ahí fuera nada duele. Olvidar son niños con armas y sin libros. Son sueños de inmigrantes y cuatro millones de parados haciendo cola cada mañana. Olvidar es tantas y tantas veces la consecuencia de prometer, que ya estoy exhausta.
Olvido es México sin Frida. Es el amor sin sexo (quizás también el sexo sin amor, quizás...), un beso sin lengua, una vida sin el dichoso whatsapp. Olvidar es traicionar sin saber, son llantos en las noches de verbena y amores de verano que no tienen tiempo de envejecer. Olvido es ver que pasan los años y noviembre siempre es noviembre, como febrero siempre duele y agosto a veces desgarra. Olvidar es soñar con un cantautor cobarde.
El olvido es mi ciudad tanto tiempo después. Aquel banco que anticipaba amor y aquel kiosco verde que prometía momentos inolvidables. Olvidar es saber que la mancha de la mora es morada y que el tiempo está hecho para reír. El olvido son las fechas sin calendario y las sobremesas con caricias. Una botella de vino y palillos chinos para perpetuarnos en el tiempo. Olvido es temer ser víctima, esclava o depredadora. El que olvida y el olvidado: ellos son olvido.
Olvidar es terapia de grupo con un desamor a los 15 y también es la noche de copas después de romper con el amor de tu vida. Olvido es pensar que existen los príncipes azules y los sapos convertibles. Olvidar es que seas tú mi amor, tan perfecto que no te puedo dejar de mirar. El olvido es León estrenando la primavera y yo... Yo con estos pelos. El olvido es rutina, monotonía, instinto y valentía.
Y aunque no me lo contaron, ahora descubro que de olvidar va la vida: de olvidarnos de nosotros para recordar a los demás y de olvidar a los demás para no dejar de pensar en nosotros. Olvido soy yo y es estar perdidamente enamorada. El clavo que saca a otro clavo y esa pescadilla que siempre se muerde la cola... ¡Todos al olvido!
Olvidar es no saber qué hay más allá de la zona de confort que nos vio nacer. Es ignorar, despreciar y pensar que ahí fuera nada duele. Olvidar son niños con armas y sin libros. Son sueños de inmigrantes y cuatro millones de parados haciendo cola cada mañana. Olvidar es tantas y tantas veces la consecuencia de prometer, que ya estoy exhausta.
Olvido es México sin Frida. Es el amor sin sexo (quizás también el sexo sin amor, quizás...), un beso sin lengua, una vida sin el dichoso whatsapp. Olvidar es traicionar sin saber, son llantos en las noches de verbena y amores de verano que no tienen tiempo de envejecer. Olvido es ver que pasan los años y noviembre siempre es noviembre, como febrero siempre duele y agosto a veces desgarra. Olvidar es soñar con un cantautor cobarde.
El olvido es mi ciudad tanto tiempo después. Aquel banco que anticipaba amor y aquel kiosco verde que prometía momentos inolvidables. Olvidar es saber que la mancha de la mora es morada y que el tiempo está hecho para reír. El olvido son las fechas sin calendario y las sobremesas con caricias. Una botella de vino y palillos chinos para perpetuarnos en el tiempo. Olvido es temer ser víctima, esclava o depredadora. El que olvida y el olvidado: ellos son olvido.
Olvidar es terapia de grupo con un desamor a los 15 y también es la noche de copas después de romper con el amor de tu vida. Olvido es pensar que existen los príncipes azules y los sapos convertibles. Olvidar es que seas tú mi amor, tan perfecto que no te puedo dejar de mirar. El olvido es León estrenando la primavera y yo... Yo con estos pelos. El olvido es rutina, monotonía, instinto y valentía.
Y aunque no me lo contaron, ahora descubro que de olvidar va la vida: de olvidarnos de nosotros para recordar a los demás y de olvidar a los demás para no dejar de pensar en nosotros. Olvido soy yo y es estar perdidamente enamorada. El clavo que saca a otro clavo y esa pescadilla que siempre se muerde la cola... ¡Todos al olvido!
15.3.15
Mujer y puentes y hombres y puentes
La vela de sándalo se consume mientras avanzan las horas de este domingo inmenso. Se mezclan los olores en la sobremesa, entre el té de canela y ese cigarro a medio fumar. Se apagan las risas con esa facilidad que tienen los días nublados de aislar cualquier pensamiento positivo. Mientras, te abrazo en este sofá tan nuestro, te muerdo los hombros, me araña tu barba y me dan la vida tus manos. Pero es domingo y son solo recuerdos.
Vuelvo al domingo de sándalo, al sofá solitario, a los calcetines polares y las ganas de sentirte. Y te siento donde no quiero: en la piel de otra, en su merienda, enredando en su ropa interior. Planeas cenas románticas en ese restaurante griego que te enseñé, pero con ella. Ríes, miras, follas, pero siempre con ella. O con otras y con ella. Eres tan feliz como no te mereces.
23.11.14
Caprichos de domingo
Me he levantado con uno de esos días de instinto asesino, de ganas de hacer desaparecer el mundo y darte tantos besos que pierdas la memoria de tu piel. Una mañana de contradicciones con la convicción de querer que estés y podamos comer sushi en aquel japonés a medio camino entre lo cutre y lo formal. Después café bajo la lluvia, cigarro en el balcón y los dos de vuelta a la cama porque tengo frío y créeme, no hay una forma mejor de sobrevivir al domingo.
5.11.14
De relaciones humanas y redes sociales
Corría el año 1969, justo cuando el mundo entero miraba a la luna pensando que el hombre, ser por encima de cualquier otro, la había 'conquistado'. Ese año, unos meses después, mi madre se fue a estudiar a Barcelona con tan solo 9 años de edad y una vida de campo en sus entrañas. Se fue de un pequeño pueblo leonés que se alimentaba de la tierra y del sudor de sus trabajadores al otro lado de la península, con nada más y nada menos que un día entero de trayecto hasta llegar a destino. Mi abuela fue la valiente, la que dejó que la niña se fuese en busca de un futuro mejor, en busca de una salida a tanta inquietud, en busca de la felicidad y al encuentro de un porvenir prometedor. Y acertó. No sin muchas noches de llanto, de la niña y de sus padres, y de muchas cartas olvidadas sin saber en un internado de monjas de Sabadell.
Cartas que hablaban, cuenta mi madre, sobre la televisión, sobre la ciudad e, incluso, sobre el nacimiento de una hermanita, mi tía, a la que conocería cuando la pequeña contaba ya con unos cuantos meses de vida y era el momento de las vacaciones estivales. Impensable en estos tiempos, ¿verdad? Saber cómo es la cara de tu hermana tres meses después de su nacimiento, conocer el devenir de los días de tus padres solo cuando el sistema de correos así lo permitía... Impensable en un tiempo en el que las nuevas tecnologías nos han obligado a comunicarnos mucho. Pero mucho nunca quiso decir mejor...
Nos comunicamos mucho pero nos comunicamos mal. En el momento histórico en el que más sencillo parece entablar contacto inmediato con cualquiera, esté donde esté, las conexiones se vuelven más endebles que nunca. Ponemos a disposición del mundo la vida de los bebés desde su minuto uno de vida. El vecino de enfrente sabe qué comemos cada día y no es precisamente porque el aroma de nuestros guisos embriague el rellano de la escalera. Nuestros compañeros del colegio, a los que hace tiempo que no vemos, conocen a la perfección cada uno de nuestros movimientos, los éxitos y los fracasos. Amigos y familiares reconocen nuestra vida al dedillo en solo 140 caracteres y un filtro fotográfico.
Ni qué decir tiene que las redes sociales han cambiado nuestra forma de entender el amor y también el desamor. Información edulcorada por los cuatro costados de nuestra identidad digital cuando estamos en una nube de amor porque, por si no (te) se lo he dicho suficiente al mundo: te quiero. Y, ¿qué decir del desamor? Hacer públicas nuestras frustraciones y penas y tener el peso infinito de saber en cada momento de qué forma y manera tu expareja está siendo feliz mientras tú te hundes en la más oscura de las miserias...
Cada comentario, instapic, 'me gusta' y un sinfín más de conceptos relacionados con las redes comienzan a adquirir significados mucho más allá del clic primitivo que mueve todo en la red. Un lenguaje jeroglífico apto para mentes sencillas y no tanto para pensamientos complejos cuando existe una relación de amor/odio de por medio. Porque nuestra actividad en las redes sociales no es más que la prueba, adaptada a los tiempos, de que 'donde hubo fuego, quedan cenizas'. Cenizas indescifrables que muchas veces solo están y otras significan... Pero mira si somos idiotas y cobardes que ya ni siquiera utilizamos las palabras para hablar de lo realmente importante y pretendemos perpetuar nuestra presencia en la vida de la otra persona deambulando por su perfil digital. Así, sin más.
Si mi abuela, aquella que escribía cartas a su niña desde León a Barcelona, leyese esto solo acertaría a decir: ¡Cuitadines, cuántos pájaros en la cabeza...!
5.9.14
Septiembre, siempre septiembre
Qué será que nunca quiero que llegues, ni siquiera cuando ya no significas nada. Que tengo cuerpo y alma de un mayo permanente y todavía no me creo que vuelvas a llamar a esta puerta. ¡Ay, septiembre! que ya no hablas de vuelta a la rutina ni de limpiar el salitre que había inaugurado nuestra segunda piel y aún así, estorbas. Ay septiembre, que ya pasas inadvertido en un calendario sin fiestas y te encuentras conmigo, casi por descuido, en una mañana de café y ropa interior.
Qué será que ahora, cuando ya no significas nada, me altera más que nunca nombrarte. Quizás sea que empieza el curso político, con esa panda de embusteros haciendo esparavanes. O que esto me recuerda a otros septiembres nada halagüeños, con sabor a cenicero o a amor, sea el que sea su sabor. Meses que rozaron la histeria, la tristeza, la paz infinita y la nostalgia. Y eso me recuerda a algo que me dijeron una vez: "Sentir nostalgia del pasado con 22 años es ser hipócrita. Y estúpido también." Creo que no se trata de nostalgia, solo de simple asociación de ideas. De vuelta a las andadas, a los principios, a los desvanes y a los disfraces. Yo, que soy de irme por las ramas de cualquier mes, de cualquier año... Septiembre, siempre septiembre.
Qué será que ahora, cuando ya no significas nada, me altera más que nunca nombrarte. Quizás sea que empieza el curso político, con esa panda de embusteros haciendo esparavanes. O que esto me recuerda a otros septiembres nada halagüeños, con sabor a cenicero o a amor, sea el que sea su sabor. Meses que rozaron la histeria, la tristeza, la paz infinita y la nostalgia. Y eso me recuerda a algo que me dijeron una vez: "Sentir nostalgia del pasado con 22 años es ser hipócrita. Y estúpido también." Creo que no se trata de nostalgia, solo de simple asociación de ideas. De vuelta a las andadas, a los principios, a los desvanes y a los disfraces. Yo, que soy de irme por las ramas de cualquier mes, de cualquier año... Septiembre, siempre septiembre.
12.7.14
El trance
¡Qué fácil es huir cuando tienes la vida por delante! Me repetía una y otra vez, asfixiándome en cada sílaba mientras intentaba superar la velocidad media de las escaleras mecánicas del metro. Por un momento, me sonrojé al pensar que quizás alguien estaba observándome y me leía los labios. Enseguida rectifiqué. En realidad no me importaba y tenía la certeza de que aquella era la afirmación con más sentido desde que aquella noche, sin que me oyeses, dije que te quería.
Hoy, en los entresijos de este mundo a punto de reventarme, huyo y siento entrañas que no me pertenecen y un pálpito que es más de otro que mío. Y si resignarse nunca resultó una opción valiente, digánme ahora qué le queda al cuerpo triste que se desvanece ante el espejo. La realidad acecha y tú no estás. Nunca estuviste o quizás no supe ver que te escondías en tu desordenado insomnio y tampoco quise encontrarte porque los sueños profundos me llevan a equívocos fatales.
Pensé que estarías y de nuevo, en la distancia, has vuelto a decepcionarme. Hoy acaban de darme una de las noticias más tristes de mi vida. De esas que revuelven cimientos y enmarañan las raíces de cualquier jardín. Y tú, ¿dónde estabas tú? No eras parte del jardín y tampoco de los cimientos pero abonabas con tu tierra mis mediodías. No sé ya si es cariño lo que siento o se trata solo de ese estúpido calor humano que nos produce conocer que la misma sangre corre por nuestras venas...
¡Qué fácil es huir cuando tienes la vida por delante!
28.4.14
La mujer bonita es la que lucha
"Eres mucha mujer para mí" -dijo. Y con un atrevimiento canalla me traspasó la mirada y el pecho y abrió un canal desde la cintura hasta los muslos. "Porque lo soy", se me ocurrió pensar en voz alta y, a partir de ahí, todo se difuminó en aquel aura magnética que me inclinaba hacia su asiento de conductor.
Me pregunté varias veces qué quisiste decirme con aquello. Dediqué varios quiebros de sueño para dar respuesta a la suma idiotez que inventaste como excusa y aquí estoy con la única y clara convicción de que eres poco hombre para el mundo. Y me cuestiono cuántos habrá como tú, cuántos se plantean en pleno siglo XXI que una mujer sea "demasiado" para ellos... Es que ¿acaso buscas a alguien que no sobrepase tus expectativas de complejidad limitada? o, en esta línea de pensamiento absurdo, ¿pretendes enamorar a alguien que no sea capaz de decidir por sí misma a partir del momento en el que entres en su vida?...como si el James Dean más rebelde y atractivo hubiese entrado en pantalla...¡ay, cuánto te equivocas...!
Lo cierto es que envuelta entre varias lecturas feministas y charlas con grandes mujeres, una se pregunta si todo este sinsentido no se basa en un miedo irracional hacia lo que tú, como hombre, no eres. Me explico, en el libro El género en disputa de la teórica feminista Judith Butler, la autora sentencia: "Ser mujer en el seno de una cultura masculinista es ser una fuente de misterio y desconocimiento para los hombres". Tras la reflexión que sigue a toda lectura, comprendo por un momento aquella excusa disfrazada de piropo.
Lo que es contrario a la generalidad asusta. Y luchar contra esa generalidad impuesta es lo que las grandes mujeres han hecho. Con garra y con alma, con pasión desmedida...Así lucho. Atrapada en un país que no cree en sus mujeres y que mitiga cada impulso que parta de nosotras mismas. El poder de los injustos pretende dictaminar y juzgar hasta sobre nuestro bien más íntimo y propio: la maternidad. Un hombre, nuestro gran ministro, que se cree dueño y señor de nuestros cuerpos y nos quiere convertir en clandestinas por el simple hecho de decidir. ¡Hipócrita! que tiemblas cuando te reclaman la libertad y rehuyes la mirada ante un torso desnudo. Tú, con tus remilgos te crees "emperador de los úteros", como Juan José Millás escribió en una ocasión.
En busca de una mujer sumisa, impones unas leyes que nos trasladen treinta años y ni siquiera te hace falta máquina del tiempo. De golpe y porrazo desmoronas siglos de lucha por la igualdad de géneros y creo que no llegas a comprender que en este país 700 hombres han matado a sus parejas en la última década porque se creían con poder para anunciar la vida o la muerte de tantas mujeres. Me pregunto si no se te cae la cara de vergüenza cuando ves que miles de mujeres bonitas luchan en las calles y te exigen que les dejes disfrutar del equilibrio entre los géneros y que puedan dominar sus cuerpos.
Y a ti, a vosotros, que no sois ministros de inJusticia y que negáis de forma rotunda compartir sus modos obsoletos...¿en qué pensáis cuando decís que una mujer es "demasiado"? Lo siento amigo pero te ha tocado lidiar con una generación de mujeres independientes, preparadas, trotamundos, inteligentes y capaces, muy capaces, de hacer que se oigan sus voces. Quizás no lo he repetido suficiente. Ahí va, una vez más: en este contexto que avasalla, la mujer bonita es, más que nunca, la que lucha.
Lo que es contrario a la generalidad asusta. Y luchar contra esa generalidad impuesta es lo que las grandes mujeres han hecho. Con garra y con alma, con pasión desmedida...Así lucho. Atrapada en un país que no cree en sus mujeres y que mitiga cada impulso que parta de nosotras mismas. El poder de los injustos pretende dictaminar y juzgar hasta sobre nuestro bien más íntimo y propio: la maternidad. Un hombre, nuestro gran ministro, que se cree dueño y señor de nuestros cuerpos y nos quiere convertir en clandestinas por el simple hecho de decidir. ¡Hipócrita! que tiemblas cuando te reclaman la libertad y rehuyes la mirada ante un torso desnudo. Tú, con tus remilgos te crees "emperador de los úteros", como Juan José Millás escribió en una ocasión.
En busca de una mujer sumisa, impones unas leyes que nos trasladen treinta años y ni siquiera te hace falta máquina del tiempo. De golpe y porrazo desmoronas siglos de lucha por la igualdad de géneros y creo que no llegas a comprender que en este país 700 hombres han matado a sus parejas en la última década porque se creían con poder para anunciar la vida o la muerte de tantas mujeres. Me pregunto si no se te cae la cara de vergüenza cuando ves que miles de mujeres bonitas luchan en las calles y te exigen que les dejes disfrutar del equilibrio entre los géneros y que puedan dominar sus cuerpos.
Y a ti, a vosotros, que no sois ministros de inJusticia y que negáis de forma rotunda compartir sus modos obsoletos...¿en qué pensáis cuando decís que una mujer es "demasiado"? Lo siento amigo pero te ha tocado lidiar con una generación de mujeres independientes, preparadas, trotamundos, inteligentes y capaces, muy capaces, de hacer que se oigan sus voces. Quizás no lo he repetido suficiente. Ahí va, una vez más: en este contexto que avasalla, la mujer bonita es, más que nunca, la que lucha.
Por estar rodeada de muchas grandes mujeres. Gracias
A abuelita
A mamá
A Lucía
Y a vosotras, luchadoras e independientes. Más bonitas que ninguna
8.2.14
Crecer después de haber amado
Son ya muchos años los que han pasado sin ti. Tantos latidos se han quebrado que ahora carece de sentido hablar del porvenir y de sus efímeros modos. Aún así, sabiendo todo en vano, continúo con esto que tiene algo de misiva y poco, muy poco, de rencor. O en realidad lo tiene todo... ¡qué sé yo...!
Crecí más de lo previsto y entre palabras y proyectos me sentí un gnomo de jardín abandonado en la gran ciudad. A mi manera, encontré un hueco entre canciones rancias y algunas sobredosis de emociones porque, supongo que si algo recuerdas de mí es esa facilidad para pasar de la risa al llanto en cuestión de segundos. Ya sabes que las malas formas nunca cambian. Aún así, te confirmo que maduré a base de insistir. Me instalé en la consigna de prueba y error y allí nadie como yo se proclamaba vencedora.
Ya no queda ni rastro de lo que conociste...ni marcas en la piel, ni el pelo sin ondas, ni mucho menos aquellos braquets capaces de enderezar sonrisas. Así que es muy posible que me veas y no aciertes a adivinar mi silueta. Es curioso cómo los años nos van desprendiendo de pequeños pesos para acoplarnos grandes lastres que inclinan nuestra nuca hacia el suelo. Sigamos con la historia.
Pues sí, como ya te he dicho, crecí. Intenté amarrarme a la felicidad infantil pero pronto, los visillos desaparecieron de mi mirada y vi el mundo con otros ojos. Salí de mi casa y pensé en reconstruir el mapa del mundo, a través de viajes que kilómetro a kilómetro se tornaron como parte primordial de mi currículum vital. Llegó un momento en el que solo pensaba en huir, en maniobras de escapismo que resarciesen mis errores. Y conocí una parte del globo y me cambió la vida y deseé ser trotamundos, con bolígrafo, papel y cámara fotográfica...Se me había olvidado decírtelo; unos años atrás decidí ser periodista.
Aún en ese intento de trotamundos, vivo en Madrid, en una habitación con balcón al centro donde, como supondrás, nada se parece a los que eran nuestros lugares de encuentro. Aquí, la gama de recovecos edulcorados se hizo más amplia. Había más de un millón de esquinas en las que mecer los amores que fueron pasando por mi cama. Cada uno me moldeó un poco mientras yo les procuré una huella que les hablase de mí. Aprendí. Gané y perdí. Me enamoré mucho y muy fuerte y pienso que eso también te recordará a lo que fui. Querría amamantarme con amores más livianos pero no es un propósito a cumplir en los próximos años. Quizás sea tu culpa que todo duela tanto y sea por ti también que el colchón no tenga tiempo para acostumbrarse a cada cuerpo.
A cuento de nada, quería decirte que ayer te vi, muchos años después...¿no sabías que me gustaba escribir? Lo suponía. Yo también tuve la impresión de no saber si eras tú.
3.1.14
A los impresentables hombres de mi vida
Las niñas que nunca rompen un plato al final suelen acarrear con el peso de resolver los pedazos de la vajilla que ya se ha reventado. Con la culpabilidad adquirida por el tiempo, al final una se hace responsable de la ineptitud de otro que no es capaz de sanarse por sí mismo. En el proceso de curación interviene la pizca de locura necesaria para alimentar a una bestia que acabará por agrietar la piel de quien le cuida. Es el método de los animales parásitos:
"Simulo quererte para que me hagas feliz pero solo unas horas, unas semanas o unos meses...un amor de verano estaría bien, pero desvanécete durante alguna noche de agosto, de diciembre o de febrero. Cuando menos te quede dentro, cuando más me haya aprovechado de tu entrega, cuando más te duela...sí, detente aquí, creo que ahora me viene bien".
Aún sabiendo que una está destinada a ese juego de chupópteros, se decide por la constancia. Gracias a ella, reinterpreta aquella vajilla rota y los motivos que la situaban en otro tiempo desaparecen, aparentando pulcritud e inocencia. La pureza se reconstruye apartando el polvo, esparciéndolo por otros aires y desgarrando, así, a esa restauradora improvisada de las ganas de amar. Consigue el sujeto parásito una felicidad inconsciente y traicionera, basada en la satisfacción de ver la sonrisa de una mientras se suponen haciendo el amor. Suena divertido, ¿verdad?, piensa él -. Al borde de la treintena me da por no comprometerme y querer momentáneamente hacerle gritar. Y la bestia crece y se alimenta de los besos, de las palabras y de las caricias, cuando las acepta, claro está. Cuando ya le agobia la profusión de amor, un no es el momento, será suficiente para dar todo por finalizado.
Tiempo después, una evalúa posiciones y se descubre caballo perdedor una vez más (porque los fracasos han sido varios y siempre de la misma manera). Con los sintagmas revolucionados, poco importa si el sujeto sanador sigue ahí porque, por lo general, un objeto pasivo aparece y, sin saber cómo, llega en el momento exacto en el que culmina la acción.Y surge el amor. Y llega la premura del compromiso que, ahora sí, los treinta acechan. Ese objeto pasivo, al que buscarle las costuras de poco sirve, ocupa el lugar en el que nos suponíamos haciendo el amor. De pasivo pasa a activo y no sana, ni lame heridas...ella muerde y encaja a la perfección en el mapa de la vida de parásito que una intentó reconstruir durante meses con esmero. Sus bordes ásperos, los de él, buscan unos que coincidan sin forzar porque si por algo se caracterizan los parásitos es por la simplicidad de sus formas, de quinceañero con algunos (o muchos) problemas para conocerse a sí mismo.
Y ahora es cuando mi madre diría que, pasados los 25, queridos parásitos, éso es ser un impresentable.
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