8.2.14

Crecer después de haber amado

Son ya muchos años los que han pasado sin ti. Tantos latidos se han quebrado que ahora carece de sentido hablar del porvenir y de sus efímeros modos. Aún así, sabiendo todo en vano, continúo con esto que tiene algo de misiva y poco, muy poco, de rencor. O en realidad lo tiene todo... ¡qué sé yo...!

Crecí más de lo previsto y entre palabras y proyectos me sentí un gnomo de jardín abandonado en la gran ciudad. A mi manera, encontré un hueco entre canciones rancias y algunas sobredosis de emociones porque, supongo que si algo recuerdas de mí es esa facilidad para pasar de la risa al llanto en cuestión de segundos. Ya sabes que las malas formas nunca cambian. Aún así, te confirmo que maduré a base de insistir. Me instalé en la consigna de prueba y error y allí nadie como yo se proclamaba vencedora.

Ya no queda ni rastro de lo que conociste...ni marcas en la piel, ni el pelo sin ondas, ni mucho menos aquellos braquets capaces de enderezar sonrisas. Así que es muy posible que me veas y no aciertes a adivinar mi silueta. Es curioso cómo los años nos van desprendiendo de pequeños pesos para acoplarnos grandes lastres que inclinan nuestra nuca hacia el suelo.       Sigamos con la historia.

Pues sí, como ya te he dicho, crecí. Intenté amarrarme a la felicidad infantil pero pronto, los visillos desaparecieron de mi mirada y vi el mundo con otros ojos. Salí de mi casa y pensé en reconstruir el mapa del mundo, a través de viajes que kilómetro a kilómetro se tornaron como parte primordial de mi currículum vital. Llegó un momento en el que solo pensaba en huir, en maniobras de escapismo que resarciesen mis errores. Y conocí una parte del globo y me cambió la vida y deseé ser trotamundos, con bolígrafo, papel y cámara fotográfica...Se me había olvidado decírtelo; unos años atrás decidí ser periodista. 

Aún en ese intento de trotamundos, vivo en Madrid, en una habitación con balcón al centro donde, como supondrás, nada se parece a los que eran nuestros lugares de encuentro. Aquí, la gama de recovecos edulcorados se hizo más amplia. Había más de un millón de esquinas en las que mecer los amores que fueron pasando por mi cama. Cada uno me moldeó un poco mientras yo les procuré una huella que les hablase de mí. Aprendí. Gané y perdí. Me enamoré mucho y muy fuerte y pienso que eso también te recordará a lo que fui. Querría amamantarme con amores más livianos pero no es un propósito a cumplir en los próximos años. Quizás sea tu culpa que todo duela tanto y sea por ti también que el colchón no tenga tiempo para acostumbrarse a cada cuerpo.

A cuento de nada, quería decirte que ayer te vi, muchos años después...¿no sabías que me gustaba escribir? Lo suponía. Yo también tuve la impresión de no saber si eras tú. 



3.1.14

A los impresentables hombres de mi vida

Las niñas que nunca rompen un plato al final suelen acarrear con el peso de resolver los pedazos de la vajilla que ya se ha reventado. Con la culpabilidad adquirida por el tiempo, al final una se hace responsable de la ineptitud de otro que no es capaz de sanarse por sí mismo. En el proceso de curación interviene la pizca de locura necesaria para alimentar a una bestia que acabará por agrietar la piel de quien le cuida. Es el método de los animales parásitos: 
 "Simulo quererte para que me hagas feliz pero solo unas horas, unas semanas o unos meses...un amor de verano estaría bien, pero desvanécete durante alguna noche de agosto, de diciembre o de febrero. Cuando menos te quede dentro, cuando más me haya aprovechado de tu entrega, cuando más te duela...sí, detente aquí, creo que ahora me viene bien".

Aún sabiendo que una está destinada a ese juego de chupópteros, se decide por la constancia. Gracias a ella, reinterpreta aquella vajilla rota y los motivos que la situaban en otro tiempo desaparecen, aparentando pulcritud e inocencia. La pureza se reconstruye apartando el polvo, esparciéndolo por otros aires y desgarrando, así, a esa restauradora improvisada de las ganas de amar. Consigue el sujeto parásito una felicidad inconsciente y traicionera, basada en la satisfacción de ver la sonrisa de una mientras se suponen haciendo el amor. Suena divertido, ¿verdad?, piensa él -. Al borde de la treintena me da por no comprometerme y querer momentáneamente hacerle gritar. Y la bestia crece y se alimenta de los besos, de las palabras y de las caricias, cuando las acepta, claro está. Cuando ya le agobia la profusión de amor, un no es el momento, será suficiente para dar todo por finalizado.

Tiempo después, una evalúa posiciones y se descubre caballo perdedor una vez más (porque los fracasos han sido varios y siempre de la misma manera).  Con los sintagmas revolucionados, poco importa si el sujeto sanador sigue ahí porque, por lo general, un objeto pasivo aparece y, sin saber cómo, llega en el momento exacto en el que culmina la acción.Y surge el amor. Y llega la premura del compromiso que, ahora sí, los treinta acechan. Ese objeto pasivo, al que buscarle las costuras de poco sirve, ocupa el lugar en el que nos suponíamos haciendo el amor. De pasivo pasa a activo y no sana, ni lame heridas...ella muerde y encaja a la perfección en el mapa de la vida de parásito que una intentó reconstruir durante meses con esmero. Sus bordes ásperos, los de él, buscan unos que coincidan sin forzar porque si por algo se caracterizan los parásitos es por la simplicidad de sus formas, de quinceañero con algunos (o muchos) problemas para conocerse a sí mismo. 

Y ahora es cuando mi madre diría que, pasados los 25, queridos parásitos, éso es ser un impresentable.

18.6.13

Certidumbres

Para serte sincera, te hubiese querido por los siglos de los siglos, sin amén que pusiese fin a todo. Hubiese permanecido perenne lejos de tus raíces, como los árboles de invierno. Hasta que el cielo se nos desvaneciese encima de las copas y nos removiese las entrañas. Si tan sólo un resquicio de ti me hubiese dado alas para reinventarte, no hubieses echado raíces en otro cuerpo.

Sinceramente tuya,


Laura

28.5.13

Con la vida por delante

Esta mañana de abril nos despierta con noticias sobre un país que se desmorona. A las 9:00, otra vez casos de corrupción política y “monárquica”. Tan sólo cinco minutos después,  imágenes de los jóvenes que protestan por los recortes en una educación que ha resultado ser pasaporte internacional.  A las 9:15, les toca el turno a nuestros mayores acuciados por unos recortes que amenazan la estabilidad de sus días. A continuación, las colas a las puertas del INEM aumentan y las mujeres no están dispuestas a volver a la clandestinidad por decidir sobre su cuerpo. La sanidad pública al borde de la privatización y en dos minutos más, el momento de las familias a las que la crisis ha robado un techo bajo el que cobijarse. Acto seguido, cientos de personas que protestan a las puertas de las “quintas” residencias de quienes roban a la crisis. Y así, vuelta a empezar cada mes de abril desde hace cinco años.

No hablo desde la voz de una experta en economía ni tanteo a ciegas soluciones a esta crisis que cuestiona la vida de los españoles. Obedecer a los poderosos para que nos saquen de la ciénaga en la que ellos mismos nos han hundido, resulta la mayor de las paradojas. Y entre paradojas, metáforas y demás mentiras retóricas ellos nos hicieron parte de esto y nos dieron esperanzas para dejar de esperar poco tiempo después. Y ahora, como joven, recuerdo las palabras del poeta Jaime Gil de Biedma: “como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante.” ¿Qué queda de esa esperanza para comerse el mundo? Recuerdo cómo llegué hace cuatro años a Madrid, como si de la persecución del gran sueño americano se tratase. Ahora me pregunto de qué habrá servido el esfuerzo económico de mis padres y de los padres de tantos otros. En aquellos días de septiembre de 2009, algún profesor anticipó que la crisis del periodismo y del mundo audiovisual no nos alcanzaría. Hoy por hoy, intentamos que no nos alcance corriendo marcha atrás con el cronómetro avanzando cada vez más rápido. Y sí, nos ha alcanzado y tenemos que inventar nuevas consignas con las que impulsarnos.


En este sentido, el escritor y economista José Luis Sampedro, recientemente fallecido, mostraba en varias entrevistas  su esperanza en los jóvenes españoles y en su talento. Hablaba de una generación llena de inteligencia y valores, a pesar de la falta de ejemplo que los altos cargos les impregnaban. Yo veo el reflejo de sus palabras en mis compañeros, en mí. En la ilusión con la que muchos llenamos nuestras cabezas de proyectos que cumplir aquí o en el extranjero, para muchos eso ya resulta lo de menos. Desde luego, no vamos a dejar de luchar por mucho que algunos nos consideren el eslabón menos coherente de la cadena que les mantiene en el poder. El futuro de este país está en nuestras manos y esta aparente generación perdida, al menos, ha aprendido. Cinco años de continuos bombardeos de negatividad te hacen más fuerte, más creativo, más parte del conjunto. No sé si será cierto eso de que la generación más preparada de la Historia de España será la primera que  viva peor que sus padres…En lugar de comprobarlo, yo prefiero “llevarme la vida por delante”.

9.5.13

Las consecuencias de dormir en el lado equivocado


Juro que no volví a vivir un momento como aquel. La prosperidad de la noche que hizo esperar y desear cada vez más, con más ganas. Y tú y yo tontos, muy tontos, pretendiendo una inocencia que hace años se perdió en mordiscos a duermevela. Ni dormidos ni despiertos resbalábamos el vino en aquel sofá del que ya no recuerdo el color. Fue tan tierno que hasta lo ridículo quedó prendido en besos en los dientes. Fue tan fácil sonreír…con sonrisas de esas que dicen ¡adoro que estés aquí! Y me sentí grande, importante, guapa, fuerte, linda, agradable, graciosa y un millón de adjetivos más que me pertenecen sólo de vez en cuando.  Fui la mujer más atractiva de cuantas había visto cuando me senté sobre tus muslos. La voz dulce, la sonrisa preciosa, el pecho perfecto, las piernas infinitas y la belleza exuberante y contagiosa. Sentí que me merecías y te merecía y juro que no volví a sentir un equilibrio como aquel.

Fueron minutos, noches, días y juro que no volví a vivir un momento como aquel.  Después, todo aquel bullicio oportunista se quedó en un aire seco que sólo hablaba de sufrimiento y culpabilidad. Aquello pasó y juro que no volví a ser de la manera en que fui. Derroché felicidad tiempo después cuando nuestro pastel, ya podrido, ahuyentaba moscardones. Sentí pasión y euforia, a pesar de que aquel ya no tuviese tu sonrisa fácil, ésa que alborotaba a las vecinas. A pesar de que nadie volviese a ambientar el sexo con la intimidad de la música de coleccionista. Hubo gente después de ti. Me crucé con varios millones y dos o tres buscaron labio o pecho, o ambas cosas a la vez. Fui feliz, sí y juro que ahora disfruto de mí teniéndote lejos. Juro que no te extraño a ti, quizás a tus modos sí, pero no a ti. Te juro a ti, por ti y para ti que añoro con rabia lo lindo que me hacías sentir. 

22.4.13

L.B.


A finales de marzo, los jueves se hicieron eternos y todos los santos cayeron del cielo. La luna se escondió entre aquellos edificios que rodeaban un parque capaz de despertar al amor. En su lugar, el sol empapó con su pulcritud la suciedad de una madrugada más etílica que ética. La ciudad despertaba y, sin saber bien por qué, se hallaba distinta. Quizás, con la misma sensación de una niña que nota una caricia en su pecho tras su primera noche de amor. Ése no era el caso, muchas otras historias habían amanecido cerca de aquel Reino sin que sus cimientos se cuestionasen por ello.

Quizás fue la ausencia de gemidos o quizás fueron los testigos atónitos de aquel romance. Lo cierto es que ni siquiera la ciudad se creía lo que estaba ocurriendo y, por ello, esculpía sus aceras como si de una gran alfombra roja se tratase. Aquel lugar sospechaba de puro terror por sentirse uno más en aquel triángulo de amor con vértices inauditos. Las putas se esfumaban de cualquier esquina de ladrillo visto y cerraban sus ojos. Soñaban con más noches y más polvos, esta vez en los barrios de la Luna. La ciudad vibraba con los movimientos y con la música de los labios, de la lengua y, de nuevo, otra vez los labios. Y con las palabras que no siempre rimaban. Si lo hacían era siempre en asonante para no escucharlas demasiado…

-Y otra vez despertar aquí. Pero así, ni contigo ni sin ti…

-Conmigo o sin mí. Mi vida, siempre estuve. Aquí o allí…y a ti nunca te pesaron otros despertares.

28.3.13

El gran desencanto



No será fácil para ti, desde luego que no,  pero confío en que algún día comprendas que la simetría no siempre resulta humana. ¿Acaso has oído hablar de la solidaridad simétrica o de la ternura equilibrada? Ni el mundo resulta matemático ni la belleza se ha medido nunca por los gramos de maquillaje que te ocultan. Así es, puedes juzgar la diferencia y reírte de las aspiraciones utópicas del otro. Te diría que, incluso, puedes mirar por encima de tu hombro empolvado de soberbia. O empolvar  la soberbia de los otros con una buena cantidad de ego irracional. Puedes hacerlo todo y sentirte poderoso ahí arriba, en ese trono andrajoso construido a base de pisotones. Supongo que te resulta fácil esa vida de sonrisas perfectas y burbujas de champagne. Y supongo también que tu intelecto no te permite concebir que haya amor en unos dientes mellados o en un refresco a las seis. 


Gracias por hacerme sentir que no soy como tú. Gracias, de verdad, porque dudo que pudiese resistir la monotonía del tejado bajo el que te resguardas. 




21.3.13

Fidelidad siamesa



Esta es la historia de dos siameses unidos por el miedo a perder con el otro más que una parte de su cuerpo. Lo terrenal de sus extremidades se deshace en los ángulos que no les pertenecen y, a partir de ahí, comienza lo sublime. Caminan a un mismo ritmo, miran desde y hacia sus propios ojos vidriosos y saborean con mimo la saliva del otro como si se tratase de una sabia que amarra el mañana. La cotidianeidad de sus días se torna entre monótona y caprichosa, más lo segundo que lo primero. Se descubren nuevos recovecos cada noche, como quien cuenta las mil pecas de una espalda. Vuelven a toparse con sus puntos de unión, aquellos que  guardan pronunciados pliegues en los que la piel se siente de una forma diferente.  Al lado de estos pliegues, sólo queda lo corpóreo iluminado por la divinidad de la luna llena. 

Llega un día en el que la piel se agrieta y los pliegues, casi gritando, piden separarse. La sangre se desparrama y actúa como tinta imborrable de huellas dactilares. Hay restos en sus pechos, en la mandíbula de aquel y en los muslos de ambos. Los recodos de sus cuerpos se vuelven impracticables y los siameses permanecen unidos solamente por las leyes de la física. Intentan sustituir aquel amor a través de almohadas alargadas que funden su tejido con la piel. Uno de los siameses, ya sólo uno, besa los pliegues de su otro yo, en un intento por zurcir las heridas. Con el paso de los meses, la sangre se seca y se reabsorbe en los puntos de unión que, por cierto, dejan de cumplir su función. Los dos cuerpos, que ya son dos, ruedan en direcciones opuestas y se desvanecen por los márgenes de aquel colchón que ocupan desde hace más de cinco años. Sin embargo, “la historia de los siameses unidos por el miedo a perder con el otro más que una parte de su cuerpo” no termina aquí.

La piel deja de tener memoria más rápido de lo que ambos suponen. Como resultado, los puntos de unión ya no son heridas, sólo aperturas dispuestas a atraer otros cuerpos. Así ocurre y aquel miedo a perder más que una parte del cuerpo se vuelve inconsistente. Aceptan otros pechos, otra mandíbula y, claro está, otros muslos. Durante un tiempo juegan con la idea de adoptar una almohada como ese otro yo pero pronto encuentran a un manco, una ciega y una boca portadora de vida. Se conforman y rehacen aquellas grietas en la piel  mientras se acomodan en el mismo colchón, en diferente lado. Nadie cuestiona ya la fidelidad de aquellos siameses, al tiempo que ellos mismos son conscientes del terror que les inspira la soledad. Los indisolubles se pierden y vuelven en una forma similar y un fondo monótono y caprichoso; más lo primero que lo segundo.

7.3.13

Espectando

Su mirada supuraba lágrimas, sin tregua apenas para los suspiros ansiosos. Quién sabe qué le había ocurrido a aquella muchacha de tez pálida que miraba hacia un mundo desolador enmarcado por dos mechones de pelo. Llevaba escombros en las mejillas y ruina en el pecho y, a pesar de todo, lloraba como una niña que no quiere ir a la escuela. Aún parecía inocente y desprendía infancia en aquella primera cicatriz tan díficil de encontrar. Envolvía su psicótica forma de sufrir en un abrigo rojo, rojo como su frustración. Colocaba las tablas de su falda y de inmediato se reconciliaba con alguna canción de autor. Por un momento, el llanto estalló de nuevo, más fuerte y más sincero. Temblaban su barbilla y su labio inferior. El trayecto entre una y otra lágrima se volvía amplio, las comisuras se agrietaban y la joven lloraba en silencio. Había paz, la observábamos con paz. Sonó un crujido, entre madera y esternón y acto seguido el más sepulcral de los silencios. 


23.1.13

El invierno

Hoy he sentido el peso de la nieve en las pestañas. Al parpadear, cada copo ha formado algo difuso sobre el mantel de la mesa de la cocina. He tratado de emborronarlo sin tiempo para comprender que ya lo he vivido antes. Y una vez que he sentido el pulso inerte, me he desvanecido entre la gélida y mullida nieve del portal.

No, aún no he muerto.

Me he recostado en la nieve rezagada, aquella que siempre se desprecia por acabar manchada entre el barro. Las marcas de los neumáticos han bordeado mi silueta y ya sin fuerzas para escapar sólo me ha quedado recordar o morir.

Tú, que a menudo has sentido nostalgia al observar el vaivén de las olas, no alcanzas a entender de qué hablo. Lo sé. He vuelto a sentir el peso de la nieve en las pestañas, ¿no lo entiendes? He vuelto a ver perros negros cubiertos de blanco, a hipnotizarme con el ritmo que marcan los copos resbalando de los pinos, a sorprenderme de la exacta predicción metereológica de quien admiro...He deseado volver a morder el hielo y sentir aquellas peleas inocentes que te tumban al filo del timbre del recreo. He vuelto a ser gracias a esto que, hace un tiempo, era mi invierno.

Sí, aún recuerdo.

8.11.12

Pulgarcito

Empezaron con una línea imaginara que unía esas partes del mundo que reservaban para sus cenizas. Océanos, montañas, desiertos y la confluencia de ciertos ríos ponían de manifiesto que aquello no era plano y la vida tampoco. La línea imaginaria fue tornándose un lazo, con tramos sedosos pero hecha de áspero cordel. Y se ponía de manifiesto que aquello no iba a ser fácil y el amor tampoco. La línea imaginaria comenzó a rodear las siluetas de los cuerpos desnudos y también las calles de Madrid. Trazó un rastro tan profundo en el asfalto que tan sólo Pulgarcito sería capaz de perderse.

La rosa de los vientos no calibraba las direcciones y el imán no obedecía a los puntos geográficos. La boca era el Norte; el Este, todos aquellos lugares coronados por la nieve; el Oeste, cualquier bar que oliese a cerveza y el Sur...el Sur era un hogar cualquiera. Recordaron que una vez existió un mapa sin direcciones, sin coherencia, iluminado por las mil luciérnagas que brillaban entre la vegetación de los enclaves estratégicos. Por aquel entonces, cualquiera podía guiarse con una pizca de instinto y mala orientación, como si fuese Pulgarcito.

Reservaron su pasión para cuando llegasen a aquellos puntos estratégicos, mientras intentaban allanar el terreno a base de intelecto. Los caminos de piedras surgían de una casa en la montaña a donde no llegaba la línea imaginaria. Ése era su objetivo: el de él, el de ella. Allí donde ni siquiera Pulgarcito pudiese alcanzarlos; allí donde pudieran dejar a un lado la racionalidad y madurez. No llegaron nunca y, a medio camino, donde aún veían el trazo de la línea imaginaria, se detuvieron para descansar sobre la mullida hierba en la que habitaban las luciérnagas. Nada más se supo de ellos. No al menos de ellos como uno sólo, sino de ellos como dos Pulgarcitos en busca de una paz interior en la que sus cenizas yaciesen distantes.

21.10.12

El tiempo que vuela

Más allá de la línea del horizonte que se dibujaba en el rincón del verano de mi infancia, también te ví. Te ví en el polvo de la mesilla de noche, en las manos de quien nos unió y muy cerca de un escenario al otro lado del charco. Los paisajes de carretera a través de las ventanillas charlan sobre tí y el plato de pasta de las tres también...

Si todo es cuestión de fragilidad, no debe quedar una parte de mí que no esté despedazada en tu suelo...

16.10.12

A propósito de tí

Tengo cristales en las manos y me duele acariciarte. No por el miedo a resquebrajarme sino por sentir cómo se reafirma tu perpetuidad en el reflejo. El reflejo sólo se vislumbra desde la perspectiva de los trescientos días después.

Tus mismas formas, tus mismas ganas, tus mismas fobias...

Tuve miedo, lo confieso y, de repente, te ví. Volví a verte y no sé ni siquiera cómo. Si era un sueño no lo sé pero tampoco me importó. Echaba de menos rodar por la diagonal de las baldosas que componen este mundo tan inerte en el que nos tocó querer...

...o moder, sin pedir permiso, ese rincón de piel entre la cintura y la cadera. A un lado, a medio camino entre mi ombligo y tu espalda.
Ví tus movimientos; tan contundentes como dulces. Tu forma de fruncir el ceño en el momento en el que la fricción de los cuerpos se volvía incontenible.
Sentí la respiración profunda pero apenas perceptible en tus labios maltratados por el frío. También las miradas horizontales que terminaban en beso en el hombro.
La forma de despeinar las inquietantes ondas de mi pelo, de mi frente a tu pecho y de mi boca a tu dedo pulgar. El índice para indicarte que era el momento de adivinarnos el color de los ojos tropezando con nuestras pestañas.

Echo de menos susurrar, morder, romper, insistir, descansar...
Entrelazar las manos por debajo de la almohada y enredar nuestras piernas hasta respirar en tu boca.

Y susurrar y humedecer.

Y empañar los cristales para no resquebrajarme y así ahuyentar el vaho y evitar la perpetuidad del reflejo. Las caricias se reanudan sólo en sueños.

16.9.12

L. 1991. Octubre. 27. 13:40. -

Desde las afueras del mundo era más díficil recordar. Portal, cocina, bañera, sofá y escaleras enroscadas en su propia altitud. Localizaba cada parte y la recogía en aquella vieja estantería de madera atendiendo siempre al año, el mes, el día, la hora, el minuto, el segundo...y la persona. Aquel rincón de cuidadosa organización se parecía más al paraíso de cualquier rata de biblioteca que a un cementerio de nombres para olvidar. La perfecta estructura de sus baldas en las que ni un vaso podría tenerse en pie, hacía temblar al mismísimo mundo de los melancólicos sin remedio. Desde abajo hacia arriba, podía encontrar una cronología de su incipiente vida amorosa. En contacto con sus pies, las cifras hablaban del 2005 y las separaciones entre secciones eran pequeñas aún. Siguiendo ese recorrido ascendente, los márgenes se hacían más amplios, las astillas de la madera más puntiagudas y el corazón empequeñecía. En la tercera balda, tan sólo dos conjuntos de palabras y números incomprensibles:

C. 2006. Enero. 31. 18:20 Portal.
A. 2007. Agosto. 3. 2:55. Pub sicodélico.

La estantería continuaba su recorrido. Ahora ya no había letra inicial, solamente lo que parecía un año y un lugar. ¿Un lugar de encuentro? ¿un lugar de recuerdo? ¿quizás de olvido? ¿un lugar de pasión?... Ella escogía el lugar rebuscando en la parte de su memoria que le complacía. La cuarta y quinta balda sólo contenían uno de estos conjuntos. Un espacio grande para olvidos costosos. La última balda ocupada llamaba poderosamente la atención. Ni una inicial, ni un año pero sí una gran ennumeración de localizaciones:

Casa. Acera. Sofá. Cocina. Cortina. Coctelería. Concierto. Coche. Bar. Bañera. Portal. Taxi. Plaza. Escalera. Metro. El quicio de nuestras camas.

Este último eslabón repleto de la vieja estantería estaba dedicado a uno de esos olvidos de díficil distracción. No había inicial porque el nombre no decía lo suficiente acerca de la persona. No había fecha porque sentía que aquellos versículos amorosos se expandirían en el tiempo. Sí había espacios porque lo cotidiano hace díficil el olvido y porque haber compartido aquello le había hecho apreciar lugares que siempre había pasado por alto. A menudo pensaba en redistribuir aquella estantería: eliminar el cementerio de nombres a olvidar y situar en su lugar a quien quería recordar siempre. La intención nunca había sido suficiente y quienes ocupaban un lugar en el cementerio de los olvidos eran también quienes merecían un espacio en su inventario vital. Comprendía que no podía separar lo bueno de lo malo ni hacer inútil lo que, en realidad, había servido para, al menos, sonreir. Así, la estantería debería seguir ocupándose porque sin ella nada habría valido la pena.


3.9.12

Puntos de ruptura

No es fácil empezar a escribir el final de las historias propias. La obación que cierra el espectáculo es, a menudo, hiel y miel como los miércoles. Es una obligación para colapsar el tráfico de sentimientos que contradicen mis ilusiones. Se trata de comenzar a olvidar aquel día en el que echabas por tierra mis pretéritos simples porque, sin cuestiones más profundas, tenía que ser así. 

Ya no seré la protagonista de un reencuentro de aeropuerto, de la humedad de nuestros impulsos ni del jugueteo de nuestras manos un año después. Nociones fílmicas no aptas para la vida real. Tú ya no serás testigo de la ternura que irradiaba mi sonrisa en las noches de invierno. Al  final de cada historia es razonable salir perdiendo un alto procentaje de pasión vital. Esa pasión que nos hacía parecer protagonistas de una película, desnudos frente al espejo. Por entonces, yo alcanzaba a ver tu alma reflejada y tú a intuir el rojo de mis cortinas.

Sí, esto es un adiós definitivo a las deudas que me debo y al tiempo que he invertido en tus recobecos. Esto es un adiós a la felicidad suprema de sentirte cerca. Adiós porque no quiero desearte ni la escarcha de la buena suerte.


Por los días en los que este rincón era parte de nuestra historia

1.9.12

Bol de cereales para dos

En el rincón de la casa en el que los vértices inspiran una nueva perspectiva. Allí, me rio a carcajadas tan fuerte que ya no escucho el roce de tus dedos. Porque me contaron una vez que la risa aniquilaba a los monstruos y con tu fría tregua silenciosa te haces parte de ellos. Es triste, lo sé. Pero somos nosotros los que nos enfrascamos en historias que no nos pertenecen, con el único fin de saciar esa curiosidad que, dicen, mató al gato.

Levanto la cabeza y diez centímetros más arriba diviso tu hipocresía, mirándome de frente y desafiando las leyes de la cordura. Sosteniendo mi barbilla para dar el último beso con sabor a cóctel, como el primero. Y no me merece la pena derrochar ternura en tus recuerdos. Aprieto los labios, disipo el beso, miro al suelo. Veo tus principios de papel pinocho. Moldeables con los meses y arrugados por mi rabia. Rabia, ese sentimiento tan absurdo y necesario cuando dejas de saber a qué olían los abrazos.

Sigo en el rincón de la casa en el que los vértices inspiran una nueva perspectiva. Aquí, me apetece escupirte toda esa rabia, desperdigar por tu cuerpo las palabras cortantes y retorcer tus miradas hasta que ambos caigamos desfallecidos. Hasta hoy he esforzado mis límites para rememorar los aplausos del teatro en noviembre y escuchar música del bajo Manhattan al pronunciar tu nombre. Supongo que las leyes universales de los finales semifelices tienen sus barreras, incluso para mí. 

Vivimos a base de comparaciones para superar las cribas ajenas y alejarnos, en lo posible, de esos monstruos que mueren al reir. Siempre acabamos cayendo de nuevo. Son cosas de la vida, supongo. Al decir "cosas de la vida" pienso en la hora del desayuno. Quiero decir que, por ejemplo, siempre me ha parecido muy curioso cómo la hora del desayuno se convierte en la hora de los pensamientos encubiertos. Me explico; quedarnos absortos día tras día leyendo las cantidades diarias recomendadas de copos de trigo mientras nuestra cabeza indaga otro corazón, otro cuerpo, otra reconstrucción, otra manera de ser, pensar...  Otras cantidades diarias recomendadas del bien merecido odio irracional...

3.7.12

Instinto de superdecadencia

Las malas noticias colapsan la programación radiofónica, televisiva, periódica y vital. El pesimismo nubla nuestras vidas, a menos que nos decantemos por el ritmo inconsciente del desenfreno sentimental. Nuestros ojos hablan de ruina y noches a media luz sintiendo el asfalto rústico bajo nuestros pies. Con esas piedras haciendo hincapié en nuestros cimientos, mantenemos nuestras cabezas erguidas para cruzar miradas con el resto. Ojos tristes, caras largas y sonrisas entreabiertas con cierta tendencia a ser cerradura sin candado. Las llaves...en el fondo del mar, al final del mundo o bien ocultas en los bolsillos traseros de un pantalón vaquero. Para hallarlas sobran el falso valor y las ganas de comerse el mundo. Falta la intención de amar y ya empieza a ser palpable el hambre insaciable del instinto.

11.6.12

Teatro pasados los 15...

"Un par de noches y un escalofrío"


La historia comenzaba así: sin protagonistas ni nombres propios. Sin fechas ni comentarios en voz en off. No había vencedores ni vencidos. Ni siquiera venganza, ni besos bajo luces de neón.

Había aniquilación de sentimientos primitivos, ¿muerte y destrucción? Tal vez.

Para el atrezzo, dos elementos indispensables: un libro de Benedetti sobre la mesilla de noche y un post it en la puerta.

El vestuario no era importante. Los dos cuerpos desnudos liquidarían las palabras del guión improvisado.

Las indicaciones para la interpretación no estaban acotadas. Se daba por hecho el instinto de los actores sin nombre. Ella lo quería. Él la deseaba. Sentimientos que superaban la ficción.

No había progresión narrativa lógica. En su lugar, un corte abrupto en lo que parecía el clímax que dejaba sin aliento al ávido espectador.

 ¿Y ahora qué?

...Condenados a repetir la misma historia en cada representación. Obligados a que los besos no se gastasen y las barbillas no se resintiesen. Él se afeitaba. Ella era dulce.
Dulzura que acechaba insatisfecha, cansada de los amagos de una relación que siempre culminaba en el vértice de una ventanilla.

En la historia no había vacaciones de verano. Sólo noches de invierno y un escalofrío. Y noches y noches....

...y noches

...noches

...no...

...ches.



(El recuerdo de esas noches)



28.5.12

El columpio dual de la esperanza

La paciencia es la peor de las virtudes. Quizás, hasta el mejor de los defectos. La paciencia conlleva la espera infinita de quien es paciente y, por lo tanto, la esperanza vacía de todo sustento.

Espera, esperanza.
Esperanza que espera.
Esperanza no espera.
 Esperanza con espera.
Espera sin esperanza.


¿Por qué esperanza y espera comparten el mismo comienzo?


Me he sentado a esperar en el lado de tu vida que me pertenece. A medio camino entre la boca que susurra y el hombro que despierta tu grandeza. Ahí estoy, columpiándome en el aro que pende de tu oreja como hacía tiempo atrás, justo antes de olvidarte. Desde ahí veo el mundo taciturno y velado que roza el lado derecho de tu rostro. Allí, la frustración ifinita me invade ante el paso del tiempo agresivo que oxida tus maneras al contacto con la piel.

Mantego la esperanza de volver a ver cómo se achinan tus ojos cuando te ries. Me temo que en seis meses la vida habrá dado tantas vueltas que, posiblemente, no deba esperar nada. Con mediocre esperanza te quedaste con el mejor papel de la función. Obviaste la espera de mi risa y ni siquiera necesitaste apelar a la esperanza. El tiempo de espera se hizo demasiado fácil entre tus pálpitos.

Por definición, la espera sin esperanza se hace imposible. Aunque la esperanza debería estar permitida sólo cuando la perspectiva negativa no nos avasalle. Y a mí me avasalla. Confundo la esperanza con la espera infructuosa. Y vuelta a empezar:

Espera, esperanza.
Esperanza que espera.
Esperanza no espera.
Esperanza con espera.
Espera sin esperanza.


¿Por qué esperanza y espera comparten el mismo comienzo?

...

10.5.12

Al otro lado de la complejidad

¡Qué maravilloso poder gritar por dentro y que nuestros ojos no explosionen en encuentros furtivos! Te doy las gracias por aparecer y mantener esa compostura que dice tan poco de nosotros. Te recuerdo. Y te recuerdo también que las fachadas existen más allá de los radiantes bloques de alguna calle de Madrid. Tu fachada y la mía.
 
¡Qué maravilloso que el mecanismo de una biela resulte más complejo que el intento de ser humanos...!